¿Por qué nos gusta tanto la fantasía?

por

en

Hay una escena que se repite, aunque cambien los nombres, los siglos y los dioses. Un humano se planta ante algo que no debería existir. A veces es un dragón. Otras, un bosque que susurra. Un abismo. Una guerra. Un artefacto maldito. El héroe tiembla, pero no retrocede. Y nosotros, contemplando la escena desde el mundo real, sentimos un tirón en el pecho. Como si nos estuvieran llamando a nosotros.

La fantasía nos atrae por ese tirón.

Nos han dicho miles de veces que la fantasía no es sino una evasión de la realidad. Que los adultos serios, con nuestras tareas y nuestras responsabilidades, deberíamos leer otra cosa. Que la épica es cosa de adolescentes o de gente que quiere distraerse. Pero eso no explica por qué seguimos volviendo una y otra vez, incluso inconscientemente —incluso aquellos que dicen que son cuentos de niños—, a lo fantástico. No explica por qué, en los días grises, buscamos historias que no pidan perdón por hablar de bien y mal, de belleza y ruina, de héroes y monstruos. Ni por qué ciertas imágenes —un choque de espadas, una sombra enorme sobre la montaña, o incluso una batalla contra el Demogorgon— nos remueven como si nos tocaran una antigua cicatriz.

Podría decirse que la fantasía no es una huida, sino un reconocimiento de una parte de lo que nos hace humanos.

La fuga de la cárcel

El maestro Tolkien lo determinó —con una claridad casi ofensiva para los guardianes del “realismo”— en su ensayo Sobre los cuentos de hadas: algunos confunden la “fuga del prisionero” con la “huida del desertor”.

Así, no es lo mismo escapar de una prisión que desertar por cobardía. El prisionero quiere volver a casa; el desertor huye de su deber. Tolkien defiende que hay una forma de escapismo que no niega la realidad, sino que la resiste.

Y quizá ahí esté una de las claves.

La vida moderna —con su velocidad, sus pantallas, sus prisas, su consumo sin sentido y su nihilismo— tiene algo de cárcel. No todo el progreso es malo, pero a menudo nos deja sin espacio interior —y de eso da fe la interminable lista de espera en psicología clínica—. Nos roba el silencio, la épica íntima, el derecho a sentir que lo que hacemos importa. Y cuando una historia de fantasía abre una puerta hacia otra realidad, no nos está invitando a negar esta. Nos está recordando que la realidad puede ser más grande que la rutina del día a día. Nos hace sentir que debe —o debería— haber algo más allá de la cárcel, de la carrera de la rata.

Queremos dar a nuestra vida un significado superior.

El viaje y el dragón

Joseph Campbell, el gran estudioso del «monomito», reconoció al héroe en cientos de textos. Su tesis central radica —muy resumidamente— en que la mayoría de historias comparten un mismo esqueleto: una llamada, una salida, una prueba, una transformación y un regreso. El viaje del héroe.

Pongamos un ejemplo cinematográfico muy reconocible: Star Wars. El viaje de Luke tiene una llamada (quiere convertirse en piloto), una salida (debe escapar de su planeta con Obi Wan), una prueba (ayudar a la Rebelión y aprender los caminos de la Fuerza sin convertirse en su padre), una transformación (decide no matar a su padre, salvándose a sí mismo y a su propio padre) y un regreso (restaura el equilibrio).

Esta esencia habita en miles de historias. Podría parecer que todos los autores copien la misma estructura, pero la realidad es mucho más simple: los humanos vivimos y evolucionamos, al igual que el héroe, atravesando umbrales.

Y en esa travesía hay algo que no se aprende en los manuales: la sensación de estar llamados a algo, aunque no sepamos a qué. A veces es tan simple como tirar de nuestros seres queridos cuando algo va mal. O elegir lo correcto sin esperar nada a cambio. O no convertirnos en lo que nos hizo daño.

Cada ser humano tiene su propia misión. Somos nosotros contra el dragón, y el dragón puede tener muchas formas («la gran aventura del alma», en palabras de Campbell). El dragón es un símbolo perfecto porque es injusto. Es demasiado grande, demasiado antiguo y demasiado poderoso. Pero hay que vencerlo para salvar el mundo, o nuestro propio mundo.

El dragón también tiene otra función: la revelación del héroe. Cuando aparece, el personaje deja de fingir. Se muestra como es. Y esa es una de las razones por las que el mito funciona: nos obliga a mirarnos sin máscaras.

Así, la fantasía nos invita a responder ciertas preguntas: ¿Qué harías tú si el dragón fuese real? ¿Qué harías si fueses el héroe? ¿Te enfrentarías al dragón con todas las consecuencias o huirías del monstruo? ¿Y qué hay de tus dragones cotidianos? ¿Cómo estás enfrentándolos? ¿Estás determinado a convertirte en lo que estás llamado a ser?

El propio Campbell lo dejó muy claro en una entrevista: “Un héroe es alguien que ha consagrado su vida a algo más grande que él mismo». En otras palabras: esto no va de músculos, espadas o coronas; va de entregar la vida —no necesariamente morir, sino dedicarla— a algo que nos supera, dejando atrás lo espurio.

Pero a veces sentimos que damos demasiadas vueltas, o que no encontramos el camino. Es algo normal e inherente a nuestra naturaleza. Y aquí vuelve a entrar la fantasía, ya que suele legitimar el «vagar». No hablamos de una desviación del camino, sino de una búsqueda. Tolkien lo escribió en uno de sus versos más citados: “No todos los que vagan están perdidos”.

Esta bonita frase, digna de decorar una taza o una camiseta, es en realidad una defensa del camino largo: el que no tiene aplausos, el que no da resultados inmediatos, el que se recorre porque algo dentro de ti no te deja quedarte quieto.

La fantasía entiende esto. Entiende que hay destinos que no se eligen por comodidad, sino por necesidad. Y que a veces el precio de ser fiel a uno mismo es atravesar el bosque oscuro.

La esperanza del bien contra el mal

En un plano más elevado que el de nuestros dragones cotidianos y nuestro particular viaje existe un plano que podríamos calificar como existencial o espiritual. El plano del bien contra el mal, que se ha convertido en un cliché del género. Tanto, que muchos autores reniegan de la épica por considerarla infantil y simplista.

Y tienen razón: la vida no es siempre un camino de rosas. A veces es una emboscada. Una traición. Una pérdida. Un miedo que vuelve por la noche. Y, a nivel planetario, el monstruo no es solo un animal enorme. Es el hambre del mundo. Es la violencia. La corrupción. Las violaciones. Todos los males internos y externos que presenta una sociedad enferma y nihilista. Pero precisamente aquí es donde vuelve a surgir la figura del héroe (por mucho que se le revista de gris o por mucho que presente una moral cuestionable).

El héroe, incluso cuando está sumido en sus propios males, representa una posibilidad, una idea: que no todo está decidido, que no todo se compra, que hay cosas por las que merece la pena resistir. Representa la esperanza. La chispa en la oscuridad.

Por eso seguimos volviendo a estas historias: porque cuando todo está perdido, alguien se levanta. Un muchacho camina hacia su propia muerte en un bosque y el mal comienza a desmoronarse; un humilde arquero lanza la última flecha contra un dragón y lo derriba; un hombre carga con el escudo roto contra un ejército entero. Quizás ni siquiera ellos crean que lo que van a hacer sea posible, pero simplemente debe hacerse. Es Luke Skywalker apagando el ordenador de tiro en la Estrella de la Muerte; es Harker entrando al castillo de Drácula; son Frodo y Sam entrando en Mordor.

En otras palabras, la épica nos gusta porque, de vez en cuando, está bien que ganen los buenos. Y tenemos la esperanza, aunque nos avergüence reconocerlo, de que en el mundo real también suceda. Y de que lo haga también en nuestro propio mundo interior. Queremos ser los héroes de nuestra propia historia.

Entonces, ¿por qué volvemos?

Volvemos a la fantasía porque nos devuelve un lenguaje que el mundo moderno ha marginado: el lenguaje del mito. Nos habla de lo que no cabe en un Excel, de aquello que no se puede medir y, sin embargo, sostiene la vida: lealtad, sacrificio, culpa, redención, amor, belleza, destino.

Volvemos porque queremos creer —aunque sea por un rato— que nuestras decisiones no son mero ruido, que importa el modo en que caminamos por la vida, que incluso el fracaso puede tener sentido si se pierde con honor o si al final se vence al mal.

Y quizá, si somos honestos, volvemos por algo aún más simple: porque en el fondo todos hemos sentido alguna vez la llamada. No una llamada grandilocuente. Una pequeña. Íntima. Como un golpe leve en la puerta cuando sopla el viento.

La fantasía llama.

Y pregunta, sin levantar la voz:

—¿Vas a salir?


Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *