La novia

La iglesia era una isla de piedra en el verde mar del monte. Huraña y desafiante, se levantaba sobre una planicie en la cima. Al mediodía, los pequeños pinzones se resguardaban en la sombra de las hayas, y margaritas y amapolas se doblegaban bajo un cielo azul y profundo. Un caminito de tierra yerma, labrado por el centenario ir y venir de las carretas de los popes, descendía tortuoso hacia el pueblo.

El musgo reinaba sobre el granito de los muros de la iglesia, la madera del portón estaba llena de carcoma y la cruz que la coronaba parecía de color ocre por la acción de la herrumbre. Había visto tiempos mejores, pero su estado no parecía importar a Elena, que rebosaba felicidad. Desde que era una niña, su mayor anhelo había sido casarse. Sentada en un banco bajo la mirada severa del icono de San Andrés, miraba las paredes engalanadas con blancas y aromáticas coronas de jazmines y nenúfares, y sonreía. A duras penas podía controlar los latidos de su corazón: el momento estaba próximo.

El primero en llegar fue el médico del pueblo, el jovencísimo doctor Koshevói, que dirigió una tierna mirada a Elena. No tardaron en seguirle los rudos pastores y el gendarme, que saludaron a la mujer con fórmulas corteses y tímidas reverencias, mientras murmuraban entre ellos.

Poco después de que todos los vecinos del pueblo se hubieran sentado, llegó el novio. Grigori Malenkov era alto y gallardo. La tez morena resaltaba sobre el traje blanco: sangre tártara corría por sus venas. Grigori saludó al sacerdote y dirigió una sonrisa burlona a Elena, que seguía sentada. Los ojos de la mujer, dichosos, se empañaron con lágrimas que regaron el ramo de rosas que oprimía contra su pecho. ¿Era cierto? ¿Había llegado el momento?

Su risa se tornó en gesto doliente cuando todos los invitados se levantaron para recibir a una mujer joven, cuya silueta se recortaba contra los blanquecinos rayos de sol que se filtraban a través del portón entreabierto. Era Natasha Órlov, muchacha de piel nívea y rubia como el trigo sarraceno que aún estaba por segar. Estalló el alborozo.

—¡Mirad, ahí llega la novia! —gritó un pastor.

—¡Hurra, hurra!

—Es hermosa, la condenada —murmuró un viejo—.

—¡Que traigan las coronas!

El médico se dirigió hasta donde se encontraba Elena y se arrodilló ante ella, aferrándole la mano.

—No llore, madrecita —dijo pausadamente—. No se atormente de esta manera. Levante, la acompañaré hasta el pueblo.

La anciana Elena jamás había conocido el amor. Como cada día de casamiento, había acudido a la iglesia con la ilusión de una chiquilla, imaginando que era ella la novia. Y, como cada día de casamiento, el joven doctor la llevaba de vuelta a casa, mientras intentaba recomponer con palabras reconfortantes un corazón hecho pedazos.

Instantes después, los asistentes a la boda salieron atropelladamente de la iglesia, pisoteando con indiferencia el ramo de rosas que Elena había dejado caer en la hierba.

© A. M Rodríguez – 2020