
La columna de humo se enroscaba sobre la estepa helada como un dedo mugriento. La ceniza, fina y pegajosa, se les adhirió a la piel mucho antes de que divisaran Qareth. Un sudario gris que se colaba en la boca y resecaba la garganta. Lurok reconoció el sabor de inmediato.
Llegaron al trote. Los caballos resoplaron y sacudieron las cabezas, haciendo tintinear los adornos de sus crines trenzadas.
Qareth, la gauma de los Vientoférreos, ya no existía.
—Por los cuernos del Dios Caballo… —gimió Etras.
Los dos hombres desmontaron y cruzaron el foso sobre lo que había sido una pasarela de madera. El silencio era antinatural. Ni graznidos de cuervos, ni el susurro del viento. Solo el crujido de las botas de fieltro sobre una mezcla de nieve y ceniza.
Las cubiertas de cuero y tela de las zygas que antes formaban el círculo protector habían desaparecido, consumidas por un fuego voraz que apenas había dejado algunas costillas de madera y el armazón metálico de las ruedas.
Una nueva nevada nevada comenzaba a cubrir los restos bajo su manto, pero no podía ocultar el horror. Los enseres de la tribu estaban esparcidos como semillas al viento: ollas sucias, mantas embarradas, armas inútiles y juguetes. Demasiados juguetes.
El hedor se hacía más intenso a medida que se acercaban al interior de la gauma. Carne chamuscada, grasa rancia y algo más dulzón y podrido que les revolvió las tripas. Etras sofocó una arcada. Lurok respiró por la boca, pero el aire corrupto se asentó igualmente en su lengua. Se detuvo junto al primer cuerpo.
El hombre yacía boca abajo, cerca de las ascuas de la hoguera central. Se arrodilló y examinó las marcas. Una garra le había abierto la espalda en canal, de hombro a cadera. Se quitó un guante y metió los dedos en la herida.
—Aún está tibia. Hace una hora. Quizá dos.
Se incorporó y siguió caminando. Había más cuerpos. Las poses eran grotescas. Una mujer con el vientre abierto, con las tripas desparramadas como serpientes rojas sobre la nieve sucia. Un joven guerrero desplomado contra el poste de un cercado, con la cabeza echada hacia atrás en un ángulo imposible. Un anciano con el cráneo aplastado, aferrando todavía un odre contra el pecho.
Su último sirak.
Más allá, tres niñas. Les habían devorado los vientres, los muslos y los rostros. Y un niño. No, medio niño. Pequeño, quizás cinco inviernos. Acurrucado, abrazado a un caballo de madera ennegrecido.
Lurok apretó la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. A su espalda, Etras vomitó. El sonido húmedo rompió el silencio por un instante.
—Contrólate —susurró Lurok.
El muchacho escupió bilis, se limpió la boca con el dorso de la mano y se quedó allí, encogido sobre sus rodillas, con la mirada perdida en la carnicería.
Lurok siguió avanzando entre los restos. Contó mentalmente. Veinte cuerpos, quizás más bajo los escombros, la madera quemada y la nieve. Las espadas dormían en sus vainas. Las cuerdas de los arcos colgaban lacias como la hierba vencida por la escarcha. Las puertas de las zygas no estaban atrancadas. Las hogueras de vigilancia del foso exterior estaban apagadas, pero no por el combate. Simplemente se habían consumido.
Etras se acercó con pasos temblorosos, evitando mirar directamente los cuerpos.
—¿Sauripos?
Lurok asintió.
—Pero… los Vientoférreos no lucharon. ¿Por qué no lucharon?
Lurok se sorprendió. Su aprendiz, incluso con el rostro aún pálido por las náuseas, había logrado deducir lo mismo que él. Quizás el chico no fuera tan inútil. Quizás él no fuera tan mal maestro.
—Esto no ha sido una batalla. —Lurok contempló una vez más el círculo de muerte en que se había convertido la gauma de Qareth—. Ha sido una cosecha.
—¿Y los caballos? ¿Dónde demonios están todos los caballos?
El viento cambió de pronto. La nieve, antes ligera y danzante, comenzó a caer en pesados copos que parecían arrojarse contra el suelo. Fue entonces cuando, entre el humo de las brasas apagadas, en la parte del foso opuesta a la entrada, a Lurok le pareció que algo se movía. No lo vio con claridad, pero confiaba en su instinto, ese que le había salvado en tantas ocasiones. Sus músculos se tensaron y sus manos se deslizaron instintivamente en busca de su hacha.
Entornó los ojos para ver mejor. En un ángulo muerto, entre los montículos de nieve acumulada, como si el invierno hubiera decidido enterrar algo que no quería que el mundo viera, algo respiraba.
El montón de nevazo se derrumbó de súbito y reveló la masa oscura y escamosa que yacía debajo. El silencio se quebró y un chillido agudo rasgó el aire. Un chillido que Lurok conocía bien.
La criatura emergió con una agilidad impropia de su tamaño. Casi tan grande como un caballo, hundía sus cuatro patas en la tierra helada. Del cuerpo reptiliano surgía un torso del que pendían dos largos brazos, terminados en garras largas y negras.
La cabeza no era mejor. Aquellos ojos amarillos y brillantes no albergaban inteligencia alguna: solo hambre. Hundidos en cuencas rodeadas de piel correosa, se tensaban cada vez que la bestia siseaba. Las mandíbulas, demasiado anchas, demasiado llenas de dientes demasiado afilados, se abrían y cerraban con un ritmo irregular, dejando caer hilos de baba espesa y oscura que chisporroteaban al tocar la nieve.
El sauripo se irguió por completo y sacudió la nieve de su lomo, haciendo vibrar toda su musculatura.
Saltó.
Etras ni siquiera tuvo tiempo de gritar.
El sauripo lo atrapó por el pecho y cerró los brazos. Las garras de sus patas delanteras se hundieron hasta las costillas, y los huesos cedieron con un chasquido seco. Después lo levantó sin esfuerzo y lo lanzó. El cuerpo de Etras voló por los aires, girando y sangrando, y se estrelló contra Lurok con la fuerza de un ariete.
Lurok rodó por el suelo bajo el peso muerto del muchacho. El hacha se le escapó de las manos y fue a caer a varios pasos de distancia, junto a la rueda de una zyga volcada.
Empujó el cadáver a un lado. Etras aún lo miraba, con los ojos fijos en la nada y la boca abierta en un grito mudo. El pecho era un cráter sanguinolento donde las costillas asomaban como dedos rotos.
Demasiado lento. Demasiado descuidado.
El pensamiento lo atravesó. Etras era su responsabilidad. Su aprendiz. Y ahora solo era carne sobre la nieve.
El sauripo emitió un sonido ronco que hizo vibrar el aire.
Lurok se incorporó de un salto, pero la bestia ya estaba sobre él.
Las garras descendieron. Lurok se lanzó a un lado, pero no lo bastante rápido.
Demasiado lento.
La garra izquierda del sauripo le rasgó el hombro, abriendo piel y músculo con facilidad. El dolor lo paralizó un instante.
Demasiado descuidado.
Lurok gruñó y embistió, hundiendo el puño en las costillas de la criatura. El sauripo jadeó y retrocedió medio paso antes de clavarle las garras en el costado. El cuero de la armadura cedió y las garras arañaron el hueso.
Lurok aulló. Agarró la muñeca del sauripo y tiró con ambas manos para arrancarse las garras del cuerpo. La sangre brotó caliente, empapándole la túnica.
La bestia se giró sobre sí misma y le barrió las piernas con la cola. Lurok cayó de rodillas. El mundo se inclinó. Las garras descendieron de nuevo y encontraron su muslo izquierdo, desgarrándolo.
Vas a morir. Como Etras. Como todos.
El dolor se le hundía al mismo tiempo que se sumía en la oscuridad, pero algo salvaje empezó a gestarse en su pecho. Cerró los puños hasta que los nudillos crujieron. La sangre le latía en las sienes. La cara de Etras, pálida y sin vida, le quemaba el pensamiento.
No.
Lurok rugió desde las mismas entrañas y se lanzó contra la bestia. Ambos rodaron en un baile torpe y brutal sobre la tierra blanca, gris y roja. Sin saber muy bien cómo, logró quedar encima de la bestia. El sauripo pataleaba debajo, silbando y tratando de morderle la cara. Su aliento apestaba a carroña.
Hundió la cabeza del monstruo contra el fango helado. Con la mano libre, la del hombro herido, se arrancó el cinturón. El dolor le nubló la vista un momento, pero la imagen del cuerpo destrozado de Etras lo mantuvo en pie. Consiguió pasar el cinturón por debajo del cuello del sauripo.
Tiró con ambas manos.
El cinturón se hundió en la carne blanda y blanquecina de la garganta. El sauripo siseó y trató de alcanzarlo con las garras. Lurok apretó más. Los tendones del cuello de la bestia se tensaron hasta crujir bajo la piel. La criatura se revolvió como un gato panza arriba, rajándolo con las patas allí donde alcanzaba, pero Lurok no soltó.
Apretó más.
Las escamas se abrieron. La sangre brotó negra y espesa. El sauripo emitió un sonido ahogado, acompañado de un gorgoteo.
Lurok emitió un alarido de rabia, de dolor y de culpa. Por Etras. Por Qareth. Por los Vientoférreos.
El cuello del sauripo cedió con un chasquido final y la criatura cayó sin vida.
Lurok se desplomó sobre el cadáver, jadeando y sangrando, con el cinturón aún atrapado entre sus puños temblorosos.
La nieve seguía cayendo.
El primer rugido resonó desde los montes, al norte. Áspero. Hambriento.
Lurok volvió en sí y dio un traspiés hacia atrás. El dolor le punzaba el hombro, el costado y la pierna. La sangre había convertido sus ropas en una masa caliente y pegajosa.
Otro aullido respondió desde el este. Más cercano.
Mierda.
Lurok giró la cabeza en busca de su hacha. No alcanzaba a verla, y no tenía tiempo para buscarla. Miró el cadáver del sauripo y pensó que, de todos modos, el hacha tampoco iba a mejorar mucho la situación.
Un tercer grito desgarró el aire, esta vez desde el oeste.
Lurok miró una última vez el cuerpo de Etras, tendido sobre la nieve manchada.
Lo siento, hermano.
Y corrió.
La primera zancada fue una explosión de agonía. El músculo desgarrado del muslo amenazó con reventar del todo. Lurok se apretó el cinturón a la altura de la ingle con la esperanza de detener la sangre, que manaba a borbotones, y siguió.
El viento le golpeaba el rostro y la nevada, ya convertida en ventisca, le cegaba. Corrió a duras penas hacia el sur, hacia donde recordaba haber dejado los caballos, pero solo encontró huellas en la nieve. Entonces cayó en la cuenta de que no habían atado a los animales.
Demasiado descuidado.
Detrás de él, los chillidos se multiplicaron. Dos. Cuatro. Seis. Más. Una manada. El sonido rebotaba en la estepa vacía, amplificado por la tormenta.
Lurok se lanzó cuesta abajo, hacia el lecho helado de un arroyo. Resbaló en las piedras y cayó de bruces, golpeándose el hombro herido. Tuvo que morderse la lengua para no gritar.
Al alzar la vista creyó distinguir rocas bajo la nieve. Bultos oscuros, irregulares, amontonados contra la orilla donde el hielo se quebraba en láminas sucias. Pero las rocas no tienen crines. Ni jirones de piel colgando de las costillas.
Los caballos de los Vientoférreos yacían despedazados, con los vientres abiertos y las entrañas arrancadas. De algunos solo quedaban las cabezas y las patas. La sangre había teñido el hielo del arroyo en capas: primero roja, luego parda, luego negra.
También estaban los jinetes. Lurok reconoció las pieles curtidas y los bordados en los jubones. Uno tenía el brazo extendido hacia el sur, con los dedos congelados arañando la tierra.
Intentaron huir. Pedir ayuda a las otras tribus. Pero no habían llegado ni al primer valle.
Los chillidos a su espalda se acercaban.
Lurok nunca había visto una congregación tan grande. Jamás.
Se arrastró como pudo bajo un saliente rocoso y pegó la espalda a la piedra fría. Respiraba demasiado fuerte. Demasiado rápido. El aliento se le escapaba en nubes de vapor que lo delataban.
Arriba, las siluetas oscuras se recortaron contra el cielo gris. Tres sauripos olfateaban el aire, girando las cabezas de un lado a otro. Pronto llegarían los demás.
Lurok cerró los ojos y rezó más por costumbre que por convicción, como solía hacer en los momentos críticos.
Diosa Pradera, ayúdame.
Entonces ocurrió. Un sonido distinto se abrió paso entre el rugido de la ventisca, algo parecido a un aullido. Lurok se asomó apenas por la cornisa del saliente y lo vio: un lobo blanco, imponente, del tamaño de un potro, se alzaba orgulloso y desafiante frente a los sauripos.
La visión del animal atrajo la atención de las bestias, que no tardaron en perseguirlo hacia el norte, de vuelta hacia Qareth.
Lurok murmuró una oración breve y esperó. Cuando los aullidos se apagaron, salió de su escondite.
Cada movimiento era una tortura. La herida del costado había empezado a sangrar más de la cuenta, pero no podía detenerse. Si se detenía, moriría en cuanto el Dios Sol se ocultara.
Avanzó paralelo al arroyo, agachado, usando las rocas y los restos de los caballos como cobertura. El terreno descendía hacia una zona pantanosa que conocía bien. Una herida negra y fétida abierta en la estepa. Lurok no dudó y se hundió en ella hasta la cintura. Ocultaría su olor. Eso era lo único que importaba.
Se arrastró entre los juncos mientras el agua helada se filtraba hasta los huesos. Las heridas seguían ardiendo, y mover el muslo exigía concentrar todas sus fuerzas en cada paso bajo el barro. Pero siguió. No podía hacer otra cosa.
Etras muerto. Qareth arrasada. Y tú saltando por el fango como una rana cobarde.
La imagen de su aprendiz regresaba una y otra vez a su mente. Los ojos vidriosos. El pecho abierto. La sangre.
Demasiado lento.
Lurok emergió al otro lado del pantano cubierto de lodo y se derrumbó sobre la nieve limpia. Todo su cuerpo temblaba. Debía hacer un fuego. Los sauripos ya no importaban. Si no entraba en calor, jamás volvería con su tribu.
Un relincho.
Giró la cabeza. Allí, entre los árboles desnudos, su caballo lo miraba inquieto mientras escarbaba la nieve.
Lurok se arrastró hacia él a duras penas. Cuando alcanzó las riendas, se aferró a ellas como si fueran lo último que quedaba en el mundo.
El caballo relinchó de nuevo.
Lurok se aupó en un último esfuerzo y se desplomó sobre el lomo del animal.
—Llévame a casa —susurró.
Y la oscuridad lo reclamó.
Prólogo de la novela Cantos de la Ceniza I: La sangre del Rey Caído
*El texto podría cambiar ligeramente en la versión final de la novela
© A. M . Rodríguez – 2025

